Discurso de Ignacio Walker en homenaje a Edmundo Pérez Zujovic a 40 años de su muerte
Me pongo de pie para recordar y rendir homenaje a don Edmundo Pérez Zujovic, uno de los nuestros, chileno y demócrata cristiano, vilmente asesinado en un día como hoy, hace cuarenta años.
Pereciera que todo está olvidado. Sin embargo, en su hogar su recuerdo está vivo, también lo está en el corazón de sus amigos y en su Partido Demócrata Cristiano, del cual fue fundador, dirigente y servidor leal. En los años inciertos de la Falange y en los tiempos en que el Partido avanzó por todos los rincones del país, siempre estuvo en la primera fila, comprometido con su espíritu, con su valor, con sus sueños, que siguen siendo nuestros sueños.
Sabemos de su trayectoria pública: Ministro de Economía, Ministro de Obras Públicas, Ministro del Interior y Vicepresidente de la República en el gobierno de don Eduardo Frei Montalva.
Pero, más que por los cargos que desempeñó, Edmundo Pérez fue conocido por ser un hombre fuerte y consecuente, emprendedor y talentoso, que se perfiló durante toda su vida como alguien capaz de superar los obstáculos que fueran surgiendo. Desde niño supo que el sacrificio y el esfuerzo eran las herramientas válidas para superarse. Así, el joven albañil, se convertiría en importante empresario.
Con sus propias palabras nos cuenta Edmundo Pérez: “Empecé de cero. No pude entrar a la universidad. No por flojo sino porque no teníamos plata. Mi padre había trabajado en una pulpería de las salitreras. Cuando vino la crisis del salitre y las pulperías fueron cerrando, se instaló para fabricar baldosas. Las cosas fueron mal: tuvo que vender la casa para pagar las deudas. El pobre viejo murió de pena. Tuvimos que pedir plata prestada para enterrarlo. Conseguí pega de obrero: baldosista, concretero y albañil”. Así se forjó el carácter que lo destacó en su vida pública y privada.
Luchó para crear empresas, con iniciativa e imaginación. Fue un hombre justo que se ganó el aprecio de sus colaboradores. Era riguroso en escoger a su gente, pero sabía al mismo tiempo delegar y estar en todo. Otorgaba la mas amplia confianza, bajo el sólo compromiso de la responsabilidad que descansa tanto en el honor como en el estímulo personal, y el control.
Estos hábitos de su actividad empresarial los llevó a su actuación en la vida pública, dándole un sello ejecutivo y riguroso dinamismo. No se avino con el mundo político tradicional, porque no era amigo de las puras frases ni del pugilato verbal. No tenía complejos de izquierdismo ni derechismo: sólo le preocupaba que se hicieran las cosas y se hicieran bien. No sabía simular, no sabía esquivar el bulto, asumía su responsabilidad le fuera o no conveniente, era franco y decía de frente lo que pensaba. Curiosamente debió trabajar en un mundo político que no le atraía y tener en el las mayores responsabilidades.
Algunos lo acusaron de retrógrado y reaccionario y, sin embargo, fue un artífice de los profundos cambios sociales que llevó a cabo el gobierno de Frei Montalva; otros lo trataron de autoritario y, sin embargo, lo querían y respetaban todos sus compañeros y colaboradores.
Edmundo Pérez tenía una sola cara: la cara de la verdad y de su coraje para defenderla más allá de sus conveniencias, o de las imágenes que se proyectaran. En esta materia era intransigente y lo arriesgó todo con tal de dar testimonio inequívoco de lo que se piensa y de los que se es. A quienes no lo conocieron personalmente tal vez les cueste comprender cuánto sacrifico, cuánta incomprensión representa esforzarse por dar siempre la cara y dar siempre la misma cara, cuando ella es simpática o atractiva, o dura e impopular. Así era, admirable en su vehemencia, exagerado en su franqueza. Encarnaba el sentido de la autoridad con firmeza, la que convertía en una fuerza para abrir camino al diálogo democrático, a la posibilidad creadora dentro del orden, a convencer que la impunidad y la irresponsabilidad es un cáncer que se paga caro en la vida de los pueblos.
No concebía el progreso sin justicia, ni sin autoridad para hacer respetar las reglas del juego en sociedad, con derechos y obligaciones para todos. Jamás entendió al pueblo como sujeto de caridades o prebendas que no hubiere merecido o conquistado en sus luchas. Lo conocía de cerca como para engañarlo. Para él el pueblo fue siempre un interlocutor maduro con el cual se podía construir en conjunto, sobre la base del diálogo y el respeto mutuo.
En los años de nuestro primer gobierno democratacristiano supo echar sobre sus hombros las responsabilidades propias y las ajenas. Las suyas y de sus subalternos. Nada la habría sido más fácil que eludir los problemas o justificarse desautorizando o desacreditando a los que de él dependían. Pero Edmundo Pérez no nació para eso. Vivió y murió con coraje, lealtad y honor.
Paradójicamente, fueron esos mismos valores, proclamados y vividos a lo largo de toda una vida, con plena consecuencia entre su manera de pensar y de actuar, en un contexto de grave polarización y desencuentro, los que le costaron la vida.
Por eso el Partido Demócrata Cristiano, en el cual vivió y sirvió, le rinde este homenaje, seguro de interpretar el sentir de la inmensa mayoría de chilenos y chilenas. Pensando en nuestras convicciones y tareas más que en el odio del que fue víctima. Reafirmando, en su memoria, nuestro compromiso con el pueblo chileno, con sus libertades, con su lucha por la justicia y por los cambios, con su derecho a vivir dignamente y en paz. Es en el seno del pueblo, en su vocación de justicia y libertad, en donde hay que buscar los caminos para construir una sociedad mas justa, que libere a los pobres, en democracia, libertad y paz. Por esos principios luchó nuestro camarada Edmundo Pérez Zujovic; por esos principios entregó su vida.
Hoy, como hace cuarenta años, queremos, con el Cardenal Silva Henríquez, evitar repetir los fracasos de nuestra historia y escoger un camino.
Lo digo con palabras del Cardenal en su homilía del funeral: “Y en este momento, la voz de la Iglesia se levanta, amonestadora y suplicante, pidiendo a todos los hombres y mujeres amantes de la patria, que serenen sus ánimos; que no se dejen conducir por el odio; que depuestas las antiguas querellas y unidos en un grande amor por Chile, construyamos su grandeza. Que haya paz entre hermanos, que encontremos en el tesoro de nuestras más nobles tradiciones caminos de convergencia nacional. Que logremos nuestra mas fuerte y hermosa realidad: ser una gran familia de hermanos que haga imposible los brotes de odio”.
Que el testimonio de don Edmundo Pérez Zujovic nos ilumine, y nos dé la luz que necesitamos, como país y como partido, para construir un país libre, justo y solidario para todos los hijos e hijas de esta tierra.










